Ya Homero convirtió el olivo en sinónimo de hogar, cuando hizo a Ulises construir el lecho conyugal sobre el tronco de uno que crecía en su casa. Talló la cama sin arrancarle las raíces al árbol, para después levantar las paredes de su dormitorio alrededor de él. Por eso fue reconocido por Penélope cuando regresó a Itaca veinte años más tarde: sabía que aquella cama no podía ser movida sin antes cortar el olivo que la sostenía.
El olivo es un árbol lento, que tarda años en dar fruto, al que le cuesta décadas alcanzar su plenitud y que puede llegar a vivir siglos. Plantarlo es confiar en que habrá quien lo cuide y heredarlo, ser consciente de que hubo antes quien lo cuidó. El olivo es un puente de raíces y ramas entre pasado y futuro y, como la patria, no le pertenece solo a los vivos sino también a los muertos y a los que están por venir. Por eso los griegos comprendieron que era un árbol capaz de fundar hogares, ciudades e incluso civilizaciones.
Lo sabían también quienes se empeñaban en destruirlos. Durante la guerra del Peloponeso, los espartanos arrasaron los campos del Ática destruyendo cosechas, viñedos y olivares. Talar estos últimos era una manera de perjudicar al enemigo mucho después de que terminara el conflicto: el trigo podía volver a sembrarse en la siguiente temporada, pero un olivo necesitaba décadas para recomponerse. No se trataba solo de dejar sin sustento a los atenienses, sino también a sus hijos y nietos. No se trataba solo de robarles la comida, sino también los recuerdos y la esperanza.
Han pasado casi 2.500 años de aquello pero no muy lejos de allí, en Palestina, siguen arrasándose olivares. Hace unos días, este periódico difundía unas imágenes grabadas en Cisjordania el 10 de octubre en las que las fuerzas israelíes lanzan gases lacrimógenos a los palestinos que tratan de proteger sus olivos de los colonos. No es un caso aislado, sino una práctica habitual de hostigamiento y persecución: durante la cosecha de la aceituna del año pasado, Naciones Unidas documentó más de 6.000 árboles vandalizados por los colonos en Cisjordania.
La entidad sionista lleva décadas apropiándose de cada vez más tierras agrícolas palestinas para sus asentamientos ilegales. Para legitimarlo, recurre a una interpretación de una ley otomana del siglo XIX para declarar tierras estatales terrenos palestinos no registrados cuyo cultivo no puede acreditarse de manera continuada. Aquella legislación reconocía los derechos sobre la tierra a quienes la hubieran cultivado durante diez años, pero también contemplaba la posibilidad de pérdida de derechos a terrenos que llevaran años sin cultivarse. Israel ha interpretado esta disposición de forma tramposa, facilitando así la apropiación de tierras por un procedimiento perverso: impide a los palestinos acceder a sus campos para cultivarlos, y después utiliza esa falta de cultivo para cuestionar sus derechos sobre ellos, como han denunciado desde B’Tselem hasta la ONU.
Los griegos conocían también otra historia sobre olivos destrozados: cuando los persas incendiaron Atenas, ardió con sus templos el olivo sagrado que Atenea había regalado a la ciudad. Cuenta Heródoto que al día siguiente, del tronco carbonizado brotó una nueva rama, y los atenienses vieron en aquello una señal de que su ciudad sobreviviría a la devastación. Puede que los olivos palestinos no vuelvan a brotar, pero la dignidad y la memoria de quienes los plantaron, cuidaron y crecieron bajo su sombra sobrevivirán a sus destructores. Porque hay raíces que ni la mejor excavadora puede arrancar. Ana Iris Simón, la foto es de Ammar Awad (REUTERS)
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